domingo, 9 de febrero de 2014

Por los tiempos de Clemente Colling

Por los tiempos de Clemente Colling (Eterna Cadencia Editora, 2009)
por Felisberto Hernández
Uruguay, 1942

Poco a poco (o mejor dicho, novela corta tras novela corta), estoy enamorándome de la obra genial e idiosyncrásica de Felisberto Hernández.  A diferencia de la divertidamente demente Las Hortensias de 1949, la más temprana Por los tiempos de Clemente Colling es una íntima obra autobiográfica que es lijeramente proustiana y matizada de nostalgia por la Montevideo de la infancia del escritor.  En aquél entonces (o sea de los años 1915-1925), el narrador, como el Felisberto de carne y hueso, estudiaba piano y armonía con un tal Clemente Colling, un maestro de piano francés que era ciego y tuerto además de ser, al parecer, todo un personaje: un hombre de "grandes virtudes y poca higiene" como se dice en algún momento (81).  En todo caso, la memoria de Colling en su turno provoca la reaparición de otros recuerdos vinculados a  la niñez del narrador, recuerdos que, algunos cargados de tristeza, "empiezan a bajar lentamente, de las telas que han hecho en los rincones predilectos de la infancia" (25).  ¿Ligeramente proustiana?  Sí, pero en vez de un parlanchín llamado Marcel hablando de la aristocracia parisiense, se trata de un parlanchín llamado Felisberto hablando de la gente que pertenece a su barrio montevideano humilde.  Aquí hay de todo para todos.  Hay una serie de anécdotas, narradas con evidente ternura y gracia, sobre los vecinos y los familiares.  Por ejemplo: la de las tres "longevas" que tenían un loro disecado, muy querido en su vida, en su casa, "a quien ellas hablaban como si estuviera vivo.  La que cocinaba imitaba su voz, como lo haría un ventrílocuo y contestaba por él" (33).  O: la de la tía Petrona, una persona generosa sino burlona con "cierto matiz brutal", que "tomaba con dos dedos un sapo y lo levantaba hasta mostrar la barriga blanca.  Yo tenía miedo porque ella misma me había dicho que soltaban un fuerte chorro de orín, que daba en los ojos y que dejaba ciego" (38).  O: la de la niña vidente que, al visitar al Instituto de Ciegos "y que viendo a las niñas ciegas", decidió que "ella también quería ser ciega" y se echó jabón en los ojos a las risas de los demás (51).  Hay lindas descripciones "auténticas" de la época: "El lazarillo esperaba con tanta inmovilidad como el perro de los discos Víctor que escuchaba la voz del amo" (88-89).  Hay otras descripciones inesperadamente desconcertantes:  "Mirando al escenario, sentí de pronto aquel silencio como si fuera el de un velorio.  El gran piano era todo blanco.  Los pianos negros nunca me sugirieron nada fúnebre; pero aquel piano blanco tenía algo de velorio infantil" (45).  Por supuesto, hay muchas reflexiones sobre la vida artística y algunas sobre cómo narrar el pasado también.  En cuanto a Colling, un tipo raro que no se bañaba con frecuencia, dormía con los zapatos puestos, y tenía que mudarse de conventillo a conventillo cada cuando a causa de su penuria extrema, me gustó cómo el retrato de él que emergió de las sombras era tan cariñosamente esbozado e incluso fidedigno a la vez: como si, en las palabras del narrador cuando menciona una anécdota del ciego, era escrito "de manera que tenía posibilidades de ser cierta" (73).

Fuente
Por los tiempos de Clemente Colling, una novela corta publicada en Uruguay en 1942, aparece en los Cuentos reunidos de Felisberto Hernández con prólogo de Elvio E. Gandolfo (Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora, 2009, 17-93).

2 comentarios:

  1. Richard - At your recommendation, I picked up Felisberto Hernández from the library. I'll get to him soon, I hope!

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    1. Exciting news, Scott! I hope to have another Felisberto post in English up within the next week, but in the meantime I'll look forward to hearing what you think of the guy once you have the chance to try him out for yourself. On a side note, the biographical stuff I've read about him over the last few days is almost as wacky as his stories!

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